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¿Cómo dormían nuestros antepasados? - Kipli

¿Cómo dormían nuestros antepasados?

Dormir es una necesidad universal, pero nuestras noches no siempre han sido como las que conocemos hoy en día. Desde la prehistoria hasta la era industrial, las formas de dormir, los materiales e incluso la percepción del sueño han evolucionado a lo largo de los siglos. Al repasar la historia del sueño, descubrimos no solo el ingenio de nuestros antepasados, sino también prácticas olvidadas que aún podrían inspirarnos.

En la prehistoria: una cama rudimentaria, pero bien pensada

Las primeras camas se remontan a hace más de 200 000 años. Contrariamente a la imagen de un simple montón de hojas, las excavaciones arqueológicas realizadas en Sudáfrica han revelado que nuestros antepasados ya utilizaban capas superpuestas de material vegetal. Estas camas rudimentarias, hechas de hierbas y ramas, no solo servían para la comodidad: también actuaban como protección contra los insectos y la humedad del suelo. Algunos pueblos incluso añadían plantas con propiedades repelentes, como el alcanfor o ciertas variedades de menta silvestre, para ahuyentar a los parásitos.

Además, algunas tribus nómadas desarrollaron sistemas de descanso portátiles, utilizando pieles de animales tensadas sobre armazones de madera, que anticipaban las primeras hamacas y camas de campaña.

La Antigüedad: el sueño por fases y los primeros colchones


En las grandes civilizaciones antiguas, los lugares para dormir se volvieron más elaborados. En Egipto, los más ricos dormían en camas elevadas de madera, a veces talladas, con colchones de juncos o de lana. Los faraones tenían incluso almohadas de piedra o de madera, que se suponía que mantenían la cabeza en una posición óptima para la circulación de las energías vitales.

Los romanos, por su parte, utilizaban somieres de madera o metal, adornados con colchones rellenos de plumas, lana o heno. También perfeccionaron el uso de somieres de listones de cuero entrelazados, que mejoraban la comodidad al dormir.

Pero lo más interesante aún es que el ritmo del sueño en la Antigüedad era diferente al nuestro. Se observa la práctica del sueño segmentado: la gente dormía en dos fases distintas, separadas por un periodo de vigilia durante el cual rezaban, leían, hacían el amor o charlaban con sus allegados. Esta costumbre, mencionada en textos latinos y griegos, fue habitual hasta el siglo XVIII y podría explicar por qué algunas personas hoy en día se despiertan de forma natural en plena noche.

La Edad Media: del confort compartido a las habitaciones cerradas

En la Edad Media, la concepción del sueño estaba profundamente influenciada por el modo de vida colectivo. Los campesinos solían dormir sobre colchones de paja o de hojas, colocados directamente sobre el suelo, a veces cubiertos con una manta de lana sin teñir. Para evitar que la humedad y el frío se filtraran, algunos elevaban sus lechos con tablas de madera o piedras.

En las residencias señoriales, la cama se convierte en un objeto de prestigio. A menudo está cerrada, rodeada de cortinas gruesas, no solo para conservar el calor, sino también para garantizar un mínimo de intimidad en habitaciones donde duermen varias personas juntas. El sueño en la Edad Media sigue siendo un momento colectivo, y no es raro que los sirvientes, los niños y los adultos compartan la misma habitación.

Otro detalle sorprendente: en aquella época, se recomendaba dormir en posición semisentada, sobre todo para evitar el reflujo gástrico y los problemas respiratorios. Por eso, algunas camas estaban ligeramente inclinadas o provistas de múltiples cojines.

El Renacimiento y la Edad Moderna: hacia el refinamiento del descanso

En el Renacimiento, los muebles de dormir se convirtieron en un indicador de estatus social. Aparecieron las camas con dosel, que servían tanto para conservar el calor como para reafirmar el estatus social. Los materiales evolucionaron: se dio preferencia a la crin de caballo, la lana e incluso el algodón, más mullidos y con mayor capacidad aislante.

El siglo XVIII también fue testigo de la aparición de nuevas ideas sobre el sueño. Se empezó a teorizar sobre su importancia para la salud. Benjamin Franklin, por ejemplo, insistía en la necesidad de ventilar bien la habitación y de dormir con sábanas limpias para evitar enfermedades.

Es también la época en la que el concepto de sueño monofásico empieza a imponerse con la generalización de la iluminación artificial. El sueño en dos partes, antes tan extendido, comienza entonces a desaparecer progresivamente.

La era industrial: estandarización y nuevos materiales

Con la revolución industrial, el sueño se vuelve más uniforme. La iluminación a gas y, posteriormente, la eléctrica alteran los ritmos naturales, reduciendo la duración del descanso nocturno. En las ciudades, donde las jornadas laborales se alargan, dormir de una sola vez se convierte en la norma.

Al mismo tiempo, los avances técnicos permiten el auge de los colchones de muelles y el uso de materiales más cómodos, como el látex y el algodón. La industria del colchón experimenta un gran auge y la cama se convierte en un objeto estandarizado. Es también en esta época cuando surge la idea de una cama individual para cada persona, lo que supone una ruptura con el pasado, en el que a menudo se compartía la cama.

A partir del siglo XX, la fabricación industrial transformó radicalmente el diseño del colchón. La madera maciza de los somieres fue sustituida progresivamente por estructuras de metal o de madera compuesta, más ligeras pero también menos duraderas. El uso creciente de materiales sintéticos, como las espumas con memoria de forma a base de derivados petroquímicos, se impuso por razones económicas y prácticas. Al ser más baratas de producir y más fáciles de estandarizar, estas nuevas colchones seducen a una industria en busca de la optimización. Sin embargo, se alejan de las composiciones naturales utilizadas durante siglos, lo que plantea dudas sobre la salud, su impacto ecológico y la calidad del sueño que proporcionan.

¿Y hoy? Una vuelta a los valores fundamentales

Aunque nuestros hábitos de sueño han evolucionado mucho, algunas prácticas antiguas siguen resonando en nuestras preocupaciones actuales. El sueño segmentado, por ejemplo, vuelve a despertar el interés de los investigadores, ya que podría ajustarse mejor a los ciclos biológicos naturales del ser humano.

Del mismo modo, el uso de materiales naturales como el látex o la lana, muy apreciados en el pasado, vuelve con fuerza gracias a la concienciación ecológica. Las camas minimalistas de inspiración japonesa, cercanas al suelo, recuerdan ciertas costumbres ancestrales y favorecen una mejor postura.

La historia del sueño es un testimonio fascinante de nuestra relación con la noche y el bienestar. Inspirándonos en el pasado, podemos replantearnos nuestras noches y recuperar una conexión más intuitiva con nuestra necesidad de descanso.

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